POR MÉXICO HOY | 13/07/2026
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Por Bosque Iglesias Guzmán
¿Dónde están las palabras, dónde la casa, dónde mis antepasados, dónde están mis amores, dónde mis amigos? No existen, mi niño. Todo está por construirse. Debes construir la lengua que habitarás y debes encontrar los antepasados que te hagan más libre. Debes construir la casa donde ya no vivirás solo.
Tiqqun, Llamamiento y otros fogonazos
Habitamos tiempos convulsos, los consensos histórico-políticos que orientaron el desarrollo de relaciones multilaterales mayoritariamente pacíficas entre países, y, a pesar de varias limitaciones, la consolidación y desarrollo de las democracias al interior de los mismos durante la segunda mitad del siglo veinte parecen haberse desdibujado a lo largo del primer cuarto del siglo XXI. La tendencia dominante parece haber girado hacia gobiernos cada vez más autoritarios y discursos cada vez más discriminatorios y polarizantes: narrativas de construcción de enemigos que derivan en relaciones cada vez más desiguales y tensas entre países y en la vida interna de estos.
En medio de este escenario, al interior de las sociedades también se libran disputas entre diversos grupos en función de sus diferencias de valores, intereses, necesidades. Un ángulo de lectura de estas disputas internas, agrupa “generacionalmente” a las facciones en conflicto, pero vale la pena preguntarnos: ¿De qué hablamos cuando hablamos de brechas generacionales? ¿Cómo se define cuáles grupos son aliados y cuáles son antagonistas? ¿A qué intereses conviene fomentar la narrativa de la disputa y contradicción entre generaciones?
Si cuestionamos un poco las etiquetas generacionales popularizadas en las narrativas mediáticas: boomers, gen X, millennials, centennials, podemos darnos cuenta de que son categorías nacidas de una segmentación mercantil, son un dispositivo para eficientar campañas publicitarias y promover consumos específicos, al mismo tiempo que fracturan la comunidad política, promueven la competencia estéril y producen inmovilidad frente a los desafíos colectivos.
Es claro que las vivencias e hitos en las distintas épocas forjan identidades colectivas específicas. No negamos la existencia de grupos generacionales, pero sí la definición de los mismos es regida por una taxonomía que traslada la lógica del mercado al campo social, corremos el riesgo de atomizar a los actores que bien podrían constituir una masa amplia frente a los desafíos comunes.
El riesgo es estratégico: si aceptamos como naturales esas categorías, con su juego estéril de competencia y guerra simbólica, le cedemos al mercado y sus intereses el poder de nombrarnos y de desmovilizarnos. Pero si nos salimos de esa lógica y disputamos el sentido de pertenencia generacional, enunciamos en nuestros propios términos los grupos a los que nos adscribimos y encontramos puentes que conectan a las generaciones y sus anhelos comunes entonces recuperamos agencia y capacidad colectiva para enfrentar los desafíos urgentes, devenimos colectividad política con potencia transformadora en vez de segmento de mercado con capacidad de consumo (y de ser consumidxs).
Repolitizar para construir puentes
Para este importante paso de recuperar la subjetividad autónoma y cuestionar las identidades que nos asignan los poderes y el mercado con las coordenadas de inmovilidad en las que nos ubican, las tareas de politización son fundamentales. Repolitizar el lenguaje con y desde el que dialogamos, repolitizar nuestras prácticas en todos los ámbitos de socialización para que esta sea vehículo de construcción y disputa de la realidad deseada y no de consumo de la realidad prescrita.
Lo anteriormente expuesto ejemplifica la relevancia de apostar por la pedagogía política como una tarea esencial: recuperar esos lugares, encuentros y conversaciones en las que cuestionamos los rumbos del devenir público, recuperar nuestra capacidad para debatir y argumentar, para discrepar y polemizar. Recuperar el debate público desde un lenguaje honesto y auténtico, en términos que nos hagan sentido y nos permitan nombrar coincidencias y diferencias, en contraste con la reproducción infinita del estéril “debate” mediático en el que los términos utilizados nos desmovilizan y dejan nada más como clientelas de liderazgos lejanos y difusos.
La invitación es, pues, a construir más espacios y ejercicios de encuentro, de diálogo y debate que irradien en procesos de repolitización. Que la pedagogía política sea herramienta y material para la construcción de puentes intergeneracionales e intergrupales, para la articulación de masa crítica y de subjetividades e identidades autónomas que marquen rumbos y modos para la construcción de una realidad colectiva más digna, más justa, de más libertades y menos desigualdades.
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