Ciudad de México, 30 de enero de 2026.
Cuauhtémoc Cárdenas.
Quiero expresar mi profundo agradecimiento al Instituto Politécnico Nacional, en particular a su Consejo General Consultivo, por otorgarme el grado de Doctor Honoris Causa, que recibo con emoción y cariño particular, por tener esta institución su origen en el más importante impulso libertario y de reivindicaciones sociales que se haya dado para hacer realidad los objetivos de la Revolución Mexicana, en este caso, en las áreas de la educación.
El Politécnico nace con dos propósitos fundamentales: abrir oportunidades de formación en educación superior profesional a jóvenes que, por razones diversas, no las tenían en sus regiones de origen o en las opciones educativas a su alcance, y para dotar al país de personal bien capacitado en las disciplinas técnicas indispensables para impulsar con autonomía el desarrollo de la nación.
Los orígenes de la educación técnica en nuestro país y su consolidación moderna los encontramos en la creación de la Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes, el Real Seminario de Minería y la Escuela Nacional de Agricultura, fundada ésta por el presidente Benito Juárez, y en las instituciones que se agruparon para formar el Instituto Politécnico Nacional: la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME), la Escuela Técnica de Maestros Constructores, las escuelas del Instituto Técnico Industrial, la Escuela Politécnica, las Escuelas Superiores de Medicina y Homeopatía, Ciencias Biológicas y Comercio y Administración, la Escuela Superior de Río Blanco, Ver., y once prevocacionales. Así, con esa base institucional, arranca el 1° de enero de 1936 el Instituto Politécnico Nacional, que abre inscripciones el 16 de ese mismo mes e inaugura formalmente cursos el 20 de enero de 1937.
En la concepción y creación del Politécnico se encuentran las ideas, esfuerzos y decisiones de muchos, destacadamente de Narciso Bassols, Luis Enrique Erro y Juan de Dios Bátiz, de Carlos Vallejo Márquez, Wilfrido Massieu, Manuel Heysser, Ernesto Flores Baca, Carlos Antillón, Armando Cuspinera, Armando Moctezuma, Manuel Gamio, Roberto Medellín Ostos y, desde luego, de Lázaro Cárdenas. Qué orgullosos estarían ellos al ver que en 90 años de vida, con su impulso y el de muchos más, el Politécnico es hoy una institución de excelencia, indispensable en el sistema de educación superior de nuestro país.
Los fundadores del Instituto y quienes los siguieron en espíritu y obra, entendieron que a la par de la educación, que aportara los conocimientos fundamentales y dotara de las habilidades necesarias para una vida digna y fructífera, principalmente a niños y jóvenes, la nación requería de un capital humano técnica y profesionalmente capacitado para aprovechar con responsabilidad y racionalidad los recursos del país -humanos, naturales, las infraestructuras hidroagrícolas, industriales, culturales, de servicios, etc.- y con acceso a los avances científicos y tecnológicos, nacionales y universales, para impulsar y abrir nuevas oportunidades a un desarrollo económico, social y cultural sólido e independiente.
Debe mencionarse que desde que nació el Politécnico, se entendió también que las disciplinas técnicas tendrían que ir acompañadas de las sociales, que necesariamente se enlazan y mutuamente se complementan en sus aplicaciones prácticas. Así, desde 1936 se proyectó la enseñanza de la economía en la Escuela Superior de Ciencias Económicas, Administrativas y Sociales (ESCEAS), y en 1938, dentro de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas se creó el Departamento de Antropología Biológica, de donde surgiría un año después, con autonomía, el Instituto Nacional de Antropología e Historia y en él la Escuela Nacional de Antropología e Historia.
En 1961, con el propósito de fortalecer las áreas de investigación, desarrollo tecnológico e innovación, con cursos en niveles de postgrado y espacios para la investigación, se crea el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (CINVESTAV), que, desde su creación ha sido institución de excelencia.
En 1937 el recién formado Instituto Politécnico Nacional recibió 15 600 alumnos en su más o menos docena de unidades y carreras; hoy tiene 224 000 alumnos, de los cuales alrededor de las dos terceras partes cursa estudios de nivel superior en 47 ingenierías, 12 disciplinas médico-biológicas y 12 más de ciencias sociales y administrativas, con presencia institucional en 25 estados de la República.
Los profesionistas politécnicos egresados suman más de un millón en diversas disciplinas y especialidades; muchos de ellos han destacado en múltiples campos: en la ciencia con investigaciones en biotecnología, salud y energía; en la docencia, formando nuevas generaciones en el propio IPN y en otras instituciones; en tecnología, con aportes en telecomunicaciones, aeronáutica, minería y petroquímica; y en la innovación industrial, con sistemas de automatización, robótica médica, desarrollo de satélites y la televisión a color. Estudiantes han ganado certámenes internacionales en robótica y automatización, desarrollando prótesis para humanos y animales, así como aplicaciones en salud, energía y telecomunicaciones.
Si repasamos la historia de nuestro país veremos que la educación ha sido factor decisivo de equidad social y de oportunidades de progreso. Quien llega a la escuela, quien asciende y trasciende los ciclos escolares encuentra más amplias y mejores oportunidades en la vida. La movilidad social en México y en Latinoamérica se opera en gran parte a través de las instituciones públicas de nivel superior, lo que explica su vigorosa presencia, que se vuelve cada día más imprescindible. Son factor multiplicador de desarrollo social, cultural, tecnológico y económico. Sin ellas, renacería el oscurantismo en todas sus manifestaciones.
La Revolución Mexicana reconoció el efecto igualador que la educación tiene respecto a la sociedad y en el desarrollo del derecho constitucional estableció para el Estado la obligación de dar educación a todo mexicano y derecho de todos y cada uno a recibirla. Por otra parte, dio a la primaria el carácter de laica y gratuita, le agregó después la obligatoriedad para todos a cursarla y con posterioridad sumó a la ley suprema la preescolar, la secundaria y la preparatoria, con las mismas condiciones de la primaria. La gratuidad la extendió a toda la educación impartida por el Estado.
Para nadie es un secreto que el sistema educativo nacional tiene serios problemas de calidad. Lo que sería sorprendente es que no los tuviera, si se consideran las condiciones en que en las últimas décadas se ha venido desarrollando, que conjugan la insuficiencia financiera con los rezagos en conocimientos y tecnologías en los campos de la enseñanza-aprendizaje. Por otra parte, los problemas de calidad y eficiencia del aparato escolar empiezan desde la enseñanza elemental y se propagan a lo largo de toda la escalera curricular. A todos ellos hay que prestarles atención integral si de verdad se quiere hacer algo positivo. Aquí confluyen cuestiones financieras, metodológicas, socioeconómicas, de planeación, de objetivos y, desde luego, político-ideológicas.
Nunca el Estado ha podido cumplir su obligación de ofrecer educación en los ciclos obligatorios a todo mexicano –no ha sido ni es tarea fácil–, ni existen aún los mecanismos legales para que cualquier habitante del país pueda exigir al Estado las condiciones y mecanismos que le permitan ejercitar su derecho a recibir educación, cualquiera que fuera el nivel educativo al que se quisiera acceder.
La educación, además de ser elemento estructural de equidad social, es también, como ya se señaló, factor decisivo del desarrollo económico. Y lo es, fundamentalmente, en la medida en que el sistema educativo se abra efectivamente y dé acceso y permanencia a todos aquellos que buscan formarse en los estratos de la educación superior, lo que podría lograrse si, con oportunidad, se tomaran las medidas adecuadas y se dispusiera de los fondos necesarios para cumplir con la meta del Plan Nacional de Desarrollo de alcanzar, para el final del sexenio en curso, la meta de satisfacer el 55% de la demanda de educación superior, y se estaría dando también cumplimiento a la más reciente reforma del artículo 3°, del 30 de septiembre de 2024, que asigna al Estado la responsabilidad de hacerse cargo de la educación superior.
Con ambas visiones, la de la equidad social y la del desarrollo económico, debe impulsarse la universalización de la educación, su democratización, la elevación de la calidad en todos sus ciclos y modalidades y su expansión.
Cuando la prioridad, que siempre se proclama, se queda en el discurso y no se traduce en hechos, los presupuestos de la educación resultan insuficientes, los rezagos no se superan, las ofertas educativas no se expanden en la medida de las demandas, las generaciones que encuentran vedados los accesos a las escuelas en las edades debidas, las pierde la nación para siempre, al no darse las posibilidades de formarlas en los tiempos oportunos y contar así con una población más educada, con conocimientos más sólidos y actualizados y con mayores capacidades competitivas y de servicio.
En los últimos cinco años la población del Politécnico se ha movido en el orden de los 217 000 alumnos y el presupuesto ha ascendido como promedio a 20 000 millones de pesos anuales; en esos años, el gasto medio por estudiante ha sido de 93 000 pesos; sólo como cifra indicativa, el promedio de gasto por estudiante universitario en los países miembros de la OCDE, de la que México es miembro, es de 281 000 pesos. Además, debe señalarse que en el caso del Instituto Politécnico, sólo el 15% de los aspirantes en las carreras más demandadas logra ingesar; sigue por lo tanto siendo alto el índice de rechazos, caso similar en todo el sistema de la educación superior pública en el país.
En materia de educación, un primer objetivo de las políticas del Estado en nuestro país, debiera ser lograr la universalización de los ciclos obligatorios. Que no haya niños que se queden sin pisar un aula escolar, como ahora sucede; que no haya quien no curse los ciclos obligatorios; que no haya rechazados en las preparatorias y las instituciones de educación superior públicas. Que no nos acostumbremos y aceptemos que haya rechazados.
Es falsa la tesis que una educación masificada no puede ser una educación de excelencia. Pueblos con menores recursos que el nuestro han podido elevar significativamente sus índices educativos, abrir oportunidades mayores en la educación superior y ampliar los campos de sus investigadores. Los avances tecnológicos alcanzados y hoy accesibles a prácticamente todos, permiten llegar hasta la individualización de la educación, trátese del nivel y la materia que sea. Es cuestión de voluntad política, de proponérselo, de dar prioridad presupuestal a la prioridad política, de movilizar a la población en su conjunto y a la juventud en lo particular para alcanzar las metas deseadas.
Al sistema educativo público le corresponde formar a las generaciones que asuman y enfrenten los retos de la universalización y la democratización de la educación, y debe ser ahí donde principalmente se formen aquellos que den continuidad a la lucha por la educación en su sentido más amplio, aquellos que no permitan que se apaguen la iniciativa y la innovación, quienes estrechen el vínculo de la educación con las aspiraciones y luchas del pueblo, quienes reclamen se reconozca como derecho constitucional el derecho a la educación superior, pública y gratuita. Un derecho más por el cual luchar al tiempo que se demanda la creación de los mecanismos legales que permitan a cualquier ciudadano hacer exigibles ante el Estado los derechos constitucionales ya reconocidos a la educación, al trabajo, al salario digno, la salud, la vivienda, al agua, etc.
No olvidemos que de las instituciones de enseñanza han salido las ideas para mover a los pueblos. De ahí deben surgir en nuestro país las normas de progreso que se traduzcan en equidad social, en una mayor calidad de vida y en oportunidades de mejoramiento para todos.
Por otra parte, habrá que decir que la creación en la ciencia, la cultura y la tecnología sólo se desarrollarán plenamente si la sociedad necesita de ellas, las demanda y las apoya; y que mientras nuestro desarrollo económico y social sea raquítico y no genere estas condiciones, serán actividades marginales y no habremos iniciado nuestra verdadera vida independiente como nación, en el sentido más pleno.
Platicando con viejos y nuevos amigos y compañeros politécnicos, les preguntaba qué podría hacerse para que el Instituto fuera más útil a la nación y a la juventud; fueron muy variadas las respuestas, pero casi todas coincidieron en tres: 1) la necesidad de mayor presupuesto; 2) devolver al Instituto la responsabilidad de fijar la línea editorial y conceder autonomía efectiva de gestión del Canal 11 de televisión; y 3) una mayor y mejor integración del CINVESTAV al Politécnico, para así tener mayor cercanía y coordinación e impactos más profundos y amplios en las actividades de investigación y desarrollo tecnológico.
Termino con dos citas, la primera de Carlos Fuentes, que en conferencia dictada en 1997 decía respecto a la educación:
Debemos advertir, en todo caso, los peligros de la ecuación educación-trabajo-producción en el mundo desarrollado para que los tengamos presentes cuando logremos salir de la ecuación ignorancia-desempleo-pobreza en la América Latina.
¿Cómo lo haremos?
Voy a regresar, para dar respuesta a esta pregunta, a las bases mismas del proceso educativo: la familia, la escuela y el maestro, pues ellos serán siempre el cimiento de un trayecto que parte de la educación del niño, transita por las etapas de la primaria, la secundaria, el liceo y la universidad, pero no se detiene en ellas, sino que demanda, hoy, una novedad para hacer frente a la crisis del trabajo en la era tecnológica.
La novedad se llama educación vitalicia… [que] pretende reordenar los itinerarios de la educación, facilitar el pasaje de una etapa a otra, reconocer el valor de cada etapa y mantener abierta para todos, a todos los niveles y a todas las edades, la oportunidad educativa.
Termino con una cita de Lázaro Cárdenas, de un documento inconcluso que preparaba para el sexagésimo aniversario del inicio de la Revolución:
La reforma educativa tiene que corresponder a las necesidades del desarrollo independiente y a las exigencias de una sociedad que sabe ya valorar el trabajo justamente recompensado, la adquisición universal de la enseñanza y la salud en la solidaridad social como principales premisas para una fructífera convivencia.
Ante las previsibles circunstancias históricas que actualmente imperan, se instituyó hace treinta y cinco años la educación socialista en México bajo esos lineamientos. El camino entonces trazado hubiera hecho menos difícil el tránsito a un orden social que hoy se abre paso en medio de violentas contradicciones.
¿Por qué no relacionar la preparación de la juventud con el desenvolvimiento económico y social del país, junto con la apertura de oportunidades de trabajo productivo y útil, lo mismo para los jóvenes técnicos y profesionales que para los que no tengan capacitación especializada, pues todos tienen la misma responsabilidad y los mismos derechos ante la nación, para hacer grande y justa a la patria mexicana?
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